Por lo que podemos informarnos de dentro del gobierno y lo que vemos afuera, el presidente Guillermo Lasso proyecta dos imágenes diferentes. En el palacio es un líder fuerte, autoritario, solitario, toma decisiones improvisadas y asume la responsabilidad de la comunicación. Es un liderazgo que limita la autonomía y liderazgo de sus ministros y funcionarios. Está rodeado de una corte de amigos y funcionarios cercanos.
La imagen que proyecta fuera del gobierno es muy diferente. La gente le ve como un líder débil, enfermo, envejecido, irrespetado por sus adversarios, vapuleado por los líderes indígenas, desprotegido políticamente y abrumado por problemas complejos.
La imagen pública de un mandatario se construye con múltiples componentes: su discurso, sus acciones, sus reacciones; lo que muestran los medios, lo que dicen los adversarios, los amigos, las encuestas y los resultados de su gestión.
El divorcio entre la imagen interna y la externa es uno de los mayores problemas para sus estrategas y voceros. No se corregirá con una entrevista a la que asista con la consigna de vapulear al entrevistador, ni bastará volver al Tik Tok y “salir a territorio”.

Hemos asistido a una confrontación entre política y comunicación como dos púgiles que combaten con una mano atada a la espalda. Ambos han perdido el arma más poderosa: la credibilidad. El populismo y las redes les hacen competencia con ventaja porque no representan a nadie. Los políticos representaban a los ciudadanos en el ejercicio del poder y los medios en la búsqueda y difusión de la verdad. Ni el poder ni la verdad merecen ya respeto.
Los ciudadanos ya no creen en el Estado. El Ogro filantrópico del que hablaba Octavio Paz es cosa del pasado; en el futuro, decía Borges, mereceremos vivir sin gobiernos, pero no estamos todavía en el futuro, y, sin embargo, vivimos “como si” no hubiera gobierno. La situación demanda, para buscar una salida, la organización de la sociedad civil y extremar la solidaridad.
Autor: Lolo Echeverría
Fuente: El Comercio



