La batalla política

La guerra privada entre los señoritos del gobierno y los vándalos de la Asamblea, sigue su curso imperturbable sin que los ciudadanos les importemos un comino. Ahora circulan nuevos carromatos bélicos: el incumplimiento del plan de desarrollo, nueva mayoría en la comisión de fiscalización, dos juicios políticos a los inútiles miembros del Consejo de Participación Ciudadana, posesión del delegado de la Corte Nacional en el Consejo de la Judicatura, la muerte cruzada y la consulta popular.

La muerte cruzada funciona como bomba atómica, arma disuasiva que no se puede usar porque es un arma kamikaze para matar suicidándose. Como juego de guerra la muerte cruzada es igual que lanzarse una bola de candela, pues Ejecutivo y Legislativo son igualmente impopulares y pueden terminar empatando a cero.

Mientras sigue la batalla en el frente político, nadie habla del desempleo, de la inseguridad, de la desesperanza del ciudadano. En las cárceles siguen las matanzas sin que nada les importe y en los barrios hay una nueva dosis de vacunas, las del narco. Lo que estamos viendo en nuestro país ya ocurrió en otros países y se llama desinstitucionalización.

El juego democrático tiene sus reglas y cuando los participantes no aceptan las reglas, el juego se torna peligroso. Pasa lo mismo que en el fútbol; sin reglas el juego se vuelve ridículo al comienzo y termina en violencia al final. Si los bandos políticos participan en las elecciones, pero no aceptan los resultados, la violencia es inevitable. Los líderes indígenas quieren imponer sus peregrinas propuestas bajo amenaza de tomarse las ciudades, los líderes de la oposición quieren los organismos de control o destituyen al presidente.

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Artículo de Lolo Echeverría: «La batalla política»

La solución utilizada por países que superaron nuestra desgracia, antes de empezar a matarse entre bandos, o después, se llama reconciliación nacional e implica amnistías y nuevas reglas del juego. Sólo es posible, por desgracia, cuando hay políticos serios a quienes se les puede tomar en serio.

Autor: Lolo Echeverría

Fuente: El Comercio

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