Solidarios entre corruptos

Los hechos ocurridos los últimos días en varios países de América Latina reflejan cómo protagonistas de actos de corrupción e incluso sentenciados se juntan para tratar de protegerse y de solidarizarse entre ellos. No importa si para ello patrocinan la violencia que pone en riesgo la estabilidad democrática o las relaciones diplomáticas entre países amigos.

Todo por defender a quienes violentaron el ordenamiento jurídico o simplemente han sido parte de actos de corrupción, que llevaron a juicios y que terminaron con sentencias condenatorias por haber integrado organizaciones delincuenciales que llegaron al poder.

En el caso de la salida del presidente peruano, los mandatarios de México, Argentina, Bolivia, Colombia se solidarizan y abogan por la misma causa.

Un mandatario que es investigado por actos de corrupción junto con su familia, que fuera declarado incapaz moralmente y que quiso violentar el ordenamiento jurídico interno y dar abiertamente un golpe de Estado.

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Artículo de Miguel Rivadeneira: «Solidarios entre corruptos»

Resulta vergonzoso que mandatarios cuestionados en sus países, el caso de México y Argentina, que son también acusados de actos de corrupción, demuestren una clara injerencia en los asuntos internos del Perú, en contraste con las críticas cuando se les formula y que reivindican su soberanía. Lo más grave, reaparece la violencia como mecanismo de protesta para tratar de mantenerse en el poder en nombre del manoseado término del pueblo.

El gobierno corrupto de Argentina, que no tiene ninguna calidad moral porque defiende a una vicepresidenta sentenciada por corrupción y que tiene tantos otros procesos judiciales en desarrollo, tuvo la audacia de pretender imponerle al Ecuador que le otorgue de inmediato el salvoconducto de salida a la exministra del correísmo, sentenciada a 8 años de cárcel por cohecho agravado, cuando la Convención de Caracas de 1954 impide conceder asilo político a una persona condenada por hechos de corrupción. Mejor debieran dedicarse a atender los problemas internos de sus pueblos, que no han podido solucionarlos.

Autor: Miguel Rivadeneira

Fuente: El Comercio

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