Noboa y Abad, o la improvisación al poder

Todo será cuestión de tiempo. Y de viveza criolla. El gobierno no permitirá que Verónica Abad reemplace al presidente Noboa. De andas o de mangas. Si no le funciona la jugada del juicio por concusión, ya se sacará de la manga algún otro recurso. Es más, ya debe tener algunas opciones en carpeta.

Verónica Abad no debería asumir la presidencia de la república por las mismas razones por las que Daniel Noboa nunca debió llegar a Carondelet. Pero nuestra raquítica democracia permite que la improvisación llegue al poder. Eso y cosas inclusive peores. Llevamos tres décadas de gobernantes improvisados (los tristemente célebres outsiders) apostándole a la suerte. Por eso el país está despedazado.

El problema, sin embargo, no nos afecta solamente a nosotros. En las últimas elecciones europeas fueron elegidos alrededor de 50 eurodiputados salidos del sombrero de un mago. Nadie sabe qué proponen ni qué harán. La única expectativa es que se arrimen a alguno de los grandes bloques parlamentarios que operan en la euro-cámara. La peor amenaza es que, tomando en cuenta el éxito electoral de la ultraderecha, una buena porción de estos improvisados diputados termine engrosando las filas de esa tendencia política.

En el fondo, asistimos a la crisis irreversible del viejo sistema político sobre el cual Occidente erigió su hegemonía en los últimos 500 años. Pero el desgaste de la representación electoral, con su secuela de hartazgo, decepción y desconfianza ciudadanos, no es suficiente para explicar el colapso del sistema liberal. El auténtico dilema es que las sociedades occidentales no sabemos cómo manejar la esfera de lo público, y no hemos inventado ninguna alternativa para hacerlo.

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El clásico aforismo con el que Winston Churchill intentó sacralizar el sistema liberal (la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás) adolece de una deficiencia genética: no es intrínsecamente democrático porque no garantiza los derechos a todos los seres humanos. Excluye y margina al mismo tiempo que elitiza el poder. Por eso, justamente, las sociedades de Occidente lo ven como un sistema cada vez menos democrático. Y en su desencanto, muchas de esas sociedades pueden optar por el suicidio. En Francia, por ejemplo, una buena parte de electorado que vota por la ultraderecha lo hace con el desquiciado argumento de que hay que darle una oportunidad porque es la única fuerza que no ha gobernado.

Volviendo al conflicto entre Noboa y Abad, toca admitir que el escenario nacional es aún más dramático, porque nuestro sistema democrático tiene, además de una falla de origen, fallas de diseño y de funcionamiento. Somos una reproducción distorsionada e informal del modelo liberal occidental. Así como Verónica Abad nunca entendió cuál era su rol institucional, Daniel Noboa no dudará ni un instante en improvisar cualquier arbitrariedad para sacársela de encima. Y que la democracia espere no más.

Autor: Juan Cuvi

Fuente: Plan V

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