Las cárceles y los carteles

Fue un espectáculo escalofriante en México. La policía iba atrás del hijo del famoso “Chapo Guzmán”. Entonces, con toda la policía federal, y todo el equipamiento del Estado, el presidente dio la orden de parar los operativos. Atónitos vimos los ciudadanos del planeta que creemos en el Estado de derecho, en la vigencia de la ley, cómo el presidente del segundo país más poblado de América Latina, que forma parte de una zona de libre comercio junto a los Estados Unidos y el Canadá, ordenaba parar los operativos, porque se perderían demasiadas vidas humanas, ante el incuestionable poderío de las bandas y carteles del narcotráfico. Es decir, estaban mejor armados que el mismo Estado.

En Sao Paulo, existe una organización criminal denominada PCC, Primer Comando de la Capital, cuyo máximo dirigente es Marcos Williams Camacho Herbas, más conocido como “Marcola”. En dicha ciudad se han cometido, igualmente como en Guayaquil y otras cárceles del Ecuador, hechos sanguinarios. Pero además, Marcola y sus secuaces han demostrado desde la cárcel tener el poder de crear un caos en la ciudad y en varias ocasiones lo han hecho. Con estupor se ve que las autoridades de Sao Paulo “negocian” con Marcola.

En El Salvador y otros países centroamericanos, la situación es igualmente dramática con las “maras”. En general, el problema carcelario, alimentado por el cáncer infernal del tráfico y consumo de drogas, se está volviendo una de las pesadillas más graves del continente.

Y en nuestro país, la situación carcelaria es hoy motivo de indignación, angustia, preocupación y casi desaliento general.

Qué iluso es pensar que este es un problema que se ha gestado en poco tiempo. ¡No! Es la cosecha de muchas cosas. Un sistema judicial que pone en la cárcel a los policías que combaten el crimen, y que deja libres con facilidad a los delincuentes, creando en la Policía una doble frustración la de cuán riesgoso es ser policía porque la justicia persigue al uniformado, y cuán riesgoso es porque el delincuente vuelve a salir para tomar venganza. Sin el respaldo del sistema judicial a la labor policial poco podemos hacer para combatir el crimen.

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Artículo de Alberto Dahik: “Las cárceles y los carteles”

Una institución policial debilitada por las aberraciones de la FaRC, familia revolución ciudadana, la cual acusó en forma grosera, infame, a la Policía de haber intentado dar un golpe de Estado, cosa que nunca jamás lo hizo en su historia y, luego, perseguir a oficiales y miembros de esa institución por el vergonzoso episodio del 30 de septiembre, en el cual jamás ellos intentaron tumbar al Gobierno.

Una institución policial debilitada, cuando el requisito antes de la FaRC para ser policía era haber hecho el servicio militar, y formarse por dos años. Ahora no se necesita el servicio militar, y no son dos años sino unos pocos meses de formación. Ese servicio militar daba a la institución policial una fuente valiosísima de información, que se la proveía las mismísimas Fuerzas Armadas, y que le permitía a la Policía tener una evaluación previa de los aspirantes. La combinación de estos dos errores se refleja hoy, luego de varios años de la aplicación de tales medidas.

Las personas privadas de libertad en la penitenciaría se constituyen en grupos humanos claramente identificados: 1.- Las polillas o chiros, personas de bajísimo nivel, inmersos en las drogas y realizan el trabajo sucio dentro de la penitenciaría. Hacen lo que sea por conseguir la droga. 2.- Los zanahoria o Z. Son pacíficos, están integrados en cultos religiosos y no están en la lucha de poder dentro de la penitenciaría. 3.- Los combos, que son violentos y ambicionan el poder, no tienen límites morales, y son los que ordenan y controlan a las polillas para lucrar. 4.- Los narcotraficantes, que son los porcelanas o aceitados. Son la “clase alta” de la penitenciaría, y les pagan a los combos para tener seguridad, y pagan también a los guías. Son estos quienes ordenan las ejecuciones y logran el ingreso de objetos prohibidos.

En este mundo impresionante, todos los pabellones están controlados por alguien, y ese alguien está vinculado a los Latin Kings, a los Choneros, los Fatales, los Tiguerones, los Lobos.

Este es el drama del Ecuador en sus cárceles. Este es el complejísimo mundo y submundo que se viven en la penitenciaría, donde hay que pagar hasta para comer.

Y si a todo lo anterior, incluyendo la falta de apoyo del sistema judicial, añadimos que somos signatarios de acuerdos internacionales que impiden a las Fuerzas Armadas disparar contra la población civil, y que limitan el ámbito de acción de las mismas, entonces hemos encontrado la fórmula perfecta para que el problema se vuelva casi sin solución posible.

¡Qué fácil es cegarse por la pasión y cometer errores como los que he descrito en los párrafos anteriores! ¡Qué difícil es luego recuperarse de los errores que por esa pasión y odios se han cometido en un momento dado! Las cárceles del Ecuador son un gran testimonio de esta verdad.

Autor: Alberto Dahik

Fuente: El Universo

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