Iglesia de La Compañía | Quito

La Iglesia de La Compañía de Jesús es una iglesia católica de estilo barroco situada en el centro histórico de la ciudad de Quito. Es una de las obras más significativas de estilo barroco en la arquitectura sudamericana. Además fue la sede de la orden jesuita en este país y también albergó en el pasado un colegio. Después de la expulsión de la orden jesuita del Ecuador, muchos textos que narraban la historia y ejecución de esta obra arquitectónica se extraviaron.

Iglesia de La Compañía en Quito
Iglesia de La Compañía

La construcción de la iglesia con el patrocinio de la Compañía de Jesús inició en el año de 1605 bajo las órdenes del sacerdote Nicolás Durán Mastrilli, y concluyó en 1765.

En 1605 comenzaron los jesuitas de Quito los trabajos de su iglesia. Hacia 1613 llegó a la ciudad el hermano coadjutor Marcos Guerra, quien fuera arquitecto brillante en el Reino de Nápoles, antes de entrar en la Orden.  El corrigió lo que se había hecho y dio a la obra el trazo definitivo.

A su muerte, acaecida en 1668, la iglesia y edificios contiguos, con sus tres claustros, estaban concluidos en lo fundamental. La fachada comenzaría a labrarse en 1722 y solo se terminaría en 1765, en vísperas de la expulsión de los de Loyola de los dominios del rey de España. La fachada del templo es una de las maravillas del barroco y plateresco americanos. Flanquean la puerta principal seis columnas salomónicas fastuosas, integradas por primera vez al movimiento arquitectónico en el arte americano y las puertas laterales, pilastras de estilo romano corintio.

Iglesias en Quito
Fachada de La Compañía

La cornisa, que corre ceñida a los resaltos de la fachada, sobre la puerta principal se convier­te en arco, suerte de dosel de un nicho que aloja a la Inmaculada, guardada por ángeles y querubines.   

 El admirable con­junto de columnas y frisos, esculturas y molduras, paneles y panoplias simbólicas, tan rico y a la vez tan exacto, se remata con tímpano semicircular y el signo eucarístico sobre espigón de crestería.

Entrar al templo es quedar deslumbrado ante estupenda síntesis de fasto y armonía, de riqueza barroca y barroco equilibrio, todo en oro. No hay lugar del retablo mayor y de capillas, de la bóveda del crucero y columnas, de tribunas y coro, que no esté recubierto de primorosa decoración.

Iglesia de la Compañía
Interior de La Compañía

En el retablo del altar mayor, obra de Legarda, se ha retomado como principal motivo de composición las columnas salomónicas de la fachada y las cornisas que se estiran al centro en arco y se ha hecho culminar el conjunto, abigarrado y deslumbrante, por corona sostenida por ángeles. Los nichos, cuatro, alojan cuatro tallas policromadas, correspondientes a los cuatro fundadores de las grandes órdenes, San Francisco y San Ignacio de Loyola con el inconfundible estilo de Legarda.

A ambos lados del presbiterio y a los lados del crucero contiguos al presbiterio hay admirables tribunas, obras maestras de tallado. Las columnas de la nave central están adornadas, de lado y lado, con una de las más importantes series de la pintura colonial quiteña: la de los profetas, atribuida a Goríbar. A la noble caracterización de cada personaje, al cuidadoso tratamiento de túnica y manto, se une la cromática del paisaje y escenas de fondo, donde hay tanto color quiteño.

La Iglesia de la Compañía de Jesús es, sin lugar a dudas, el mayor y mejor ejemplo del arte Barroco de la Escuela Quiteña y uno de los mayores monumentos de esa corriente estética en la América Hispánica y en todo el mundo. Construida de acuerdo al modelo de la Iglesia del Gesú romano, del cual toma la división en tres naves y la estructura básica de la disposición de los diversos componentes de la fachada, La Compañía de Quito introduce matices e, incluso, nuevos elementos, fruto del trabajo de nuestros artesanos coloniales, indígenas educados en las Escuelas de Artes y Oficios que por entonces había en la ciudad.

De las manos y la cosmovisión de nuestros indígenas, de la fusión de esa visión del mundo con los conocimientos artesanales de las escuelas citadas y del contacto de esas concepciones ancestrales con la cultura española surgiría este nuevo tipo humano, que habita hoy la mayoría de ciudades y pueblos de la América Latina: el mestizo. Su condición de ser nuevo, de pertenecer al presente y estar más pendiente de las incertidumbres futuras antes de las tradiciones del pasado, su condición de ser diverso de todo lo existente habría de traducirse en sus manifestaciones concretas y, de manera superior, en las expresiones estéticas de su espíritu.

Altar Iglesia de la Compañia
Altar de la Compañía

Desde su origen, y hasta las fechas presentes, la Iglesia de La Compañía ha sido testigo del devenir de estos seres que buscan una identidad que los diferencie y los caracterice.

Y los propios muros de calicanto o adobe han sentido el peso de estos ya casi quinientos años de transcursos y destinos cruzados. Temblores y terremotos, incendios y grandes lluvias, la mano impasible y a veces cruel de la naturaleza no ha dejado de señalar el rastro de su paso sobre el rostro de La Compañía. Especial estrago causó el terremoto de marzo de 1987.

Conscientes de la importancia histórica, estética y espiritual del edificio, un grupo de instituciones del país han unido desde entonces sus esfuerzos para rescatar La Compañía y conservar para las gentes que nos sigan en el tiempo este tesoro Universal. Es un camino difícil, y los problemas están a la orden del día. El mayor ejemplo de lo frágil y efímero de esta labor se dio cuando, en un accidente lamentable, se produjo el incendio del Retablo de San Francisco Javier. Recuperarlo es una tarea posible, pero serán necesarios algunos años para lograrlo.

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