Guillermo Lasso, como empresario y banquero, tiene clara la importancia de enderezar la economía. Más complicada es la tarea de navegar en el concierto internacional, con la rivalidad de EE.UU. con Rusia y China.
La decisión de ir a China acarreaba peligros. Los jefes de Estado de los países democráticos se abstuvieron de hacerse presente en las Olimpíadas de Invierno en protesta por la represión a los uigures, pueblo túrquico musulmán. De América Latina, solo Alberto Fernández y Guillermo Lasso asistieron, algo en principio mal visto por las democracias.
Guillermo Lasso aprovechó el evento para negociar una mejora en la relación económica bilateral; su presencia en Pekín motivaría a Xi Jinping a acoger al menos parcialmente los requerimientos ecuatorianos. Uno de ellos el acuerdo comercial, al que todo apunta se podrá negociar rápidamente, consolidando la presencia del camarón ecuatoriano, reabriendo China al banano y ofreciendo oportunidades a otros rubros. También se busca el reperfilamiento de la deuda y mejores condiciones para el crudo que le entregamos a Petrochina.
Lasso mantuvo bajo perfil en Pekín, mientras que el presidente argentino puso una ofrenda floral en la tumba de Mao y su canciller cantó el himno de China. Con su comportamiento y declaraciones en Pekín y luego en Moscú, Fernández innecesariamente antagonizó a Washington y al FMI. La línea de Lasso fue de más bajo perfil, pero firmó un acuerdo apoyando “los esfuerzos por materializar la reunificación del país” en circunstancias que China estaría preparando un ataque a Taiwan.

En simultáneo, la política de Lasso le merece el reconocimiento del Congreso estadounidense, en el que cuatro influyentes senadores proponen una ley que tiene como objetivo ampliar significativamente el apoyo de los EE.UU. al fortalecimiento de la democracia y economía ecuatoriana.
En una renaciente guerra fría entre Washington y el eje Moscú-Pekín, Lasso requiere gran pericia para navegar entre dos aguas.
Autor: Walter Spurrier
Fuente: El Comercio

