Los voceros del frente de seguridad deben reflexionar seriamente sobre la necesidad de profesionalizar su manejo de información sensible. No todo debe decirse, y mucho menos cuando está en juego la vida de un colaborador y la credibilidad de todo el aparato de inteligencia nacional.
La reciente captura de Adolfo Macías, alias Fito, representa sin duda un logro importante en la lucha del Estado ecuatoriano contra el crimen organizado. Sin embargo, este éxito operativo ha quedado empañado por una imprudente y peligrosa revelación: un alto funcionario del Gobierno declaró públicamente que un “funcionario de tránsito de Manta fue clave” en la operación. Esta afirmación, lejos de ser un detalle menor, constituye un error grave que compromete directamente la seguridad de los funcionarios de esta entidad pública, la fuente de información, su entorno familiar y también la eficacia futura de cualquier operación de inteligencia en el país.
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En el mundo de la inteligencia, la discreción no es un accesorio, sino un principio vital. Toda fuente humana (HUMINT), sea operativa o circunstancial, debe contar con garantías absolutas de confidencialidad. Romper ese compromiso —más aún ante cámaras y micrófonos— no solo debilita la confianza de los colaboradores actuales, sino que disuade a potenciales fuentes futuras. ¿Quién se arriesgaría a brindar información crucial al Estado si sabe que puede ser expuesto públicamente sin protección alguna?
Este tipo de declaraciones no son inocentes. Responden a un impulso por obtener rédito político inmediato, por figurar ante los medios como protagonistas de una victoria. Pero en seguridad nacional no se juega a la popularidad: se trabaja en silencio, se protege al informante y se mantiene la operación en reserva para evitar represalias. En este caso, la exposición de la fuente podría tener consecuencias mortales. Recordemos que las organizaciones criminales no actúan con códigos morales. Sus respuestas son violentas, despiadadas, y suelen dirigirse no solo contra el colaborador directo, sino también contra su familia y su entorno laboral.

Hoy, tras estas declaraciones, ese funcionario municipal de Manta está en riesgo, y con él, el sistema de confianza que se ha venido construyendo entre las instituciones del Estado y sus fuentes locales.
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Exhorto al Gobierno y, en particular, a quienes tienen vocería institucional, a reflexionar seriamente sobre la necesidad de profesionalizar su manejo de información sensible. No todo debe decirse, y mucho menos cuando está en juego la vida de un colaborador y la credibilidad de todo el aparato de inteligencia nacional.
Lo ocurrido no puede repetirse. La seguridad del Ecuador exige seriedad, coordinación silenciosa y respeto absoluto por los protocolos operativos. Si el Estado desea ganar la guerra contra el crimen organizado, debe empezar por proteger a quienes arriesgan su vida para ayudarnos a vencerlo.
Autor: Mario Pazmiño
Fuente: Plan V



