La ofensiva terrorista de la semana pasada ha hecho evidente que los asesinatos y las revueltas carcelarias de los últimos meses, son mucho más que delincuencia común o violencia desatada por el impulso de grupos criminales transnacionales.
Lo que tenemos ante nosotros es una sociedad que parece sostenerse cada vez más en oscuros manejos económicos, mientras esa que llamamos clase política está profundamente penetrada por organizaciones delincuenciales, con recursos económicos y medios suficientes como para enfrentarse al Estado o, simplemente, coparlo.
Así como no es mera coincidencia que un asambleísta del correísmo chapotee en una piscina non santa, tampoco puede ser obra de la casualidad la conexión entre una coordinada cadena de atentados y la puesta en marcha de un nuevo intento de tumbar al gobierno; parece, más bien, la vieja historia del que teniendo rabo, orejas y patas de conejo, no puede ser sino conejo.
Que la respuesta a un ataque criminal sin precedentes en nuestra historia no sea juntar esfuerzos para conjurar la amenaza, sino enfrentarse a la institucionalidad encargada de protegernos, despeja cualquier duda, si es que la había, sobre la miseria humana que envuelve a correístas y socialcristianos. Estos últimos, con una larga experiencia en el arte del chantaje político, y los otros, con un líder que no se cansa de mostrar que sus preocupaciones no tienen que ver con la República, que bien puede irse al carajo, sino con la cotidiana alimentación de su ego y, claro, el olvido para una década de trapacerías.

Tal parece que los límites se han evaporado y hay una abundante fauna dispuesta a aprovecharse de lo que sea, incluso de la delincuencia organizada, para disfrazarse de políticos y consolidar proyectos personales; vean si no al presidente de la Asamblea, haciendo lo imposible por sacar partido de su minuto de fama. Ideas, programas políticos, proyectos nacionales, parecen haberse convertido en piezas de museo.
Vivimos el tiempo de los canallas.
Autor: Juan Pablo Aguilar
Fuente: El Comercio


