No es curioso. Es inquietante. Más, es sencillamente escandaloso: Ecuador parece transitar sin mayor preocupación del uso de la palabra y, aunque con grandes bemoles, también del derecho, hacia la violencia política (que se suma a la violencia del narcotráfico).
No ha habido, no en forma rotunda ni masiva, oposición y rechazo a la emboscada que sufrió el ministro del Interior, Patricio Carrillo, esta semana en la Comisión de Derechos Colectivos de la Asamblea Nacional. En las redes hay videos de lo que tuvo que oír; preludio sin duda de un juicio político que le preparan los mamertos de Pachakutik y del correísmo a raíz de los 18 días de violencia y terrorismo que vivió el país por parte de Leonidas Iza, sus huestes y sus aliados.
Octubre de 2019 no solo se repitió en junio de 2022. Se repitió mejorado. Iza y sus amigos bloquearon con más eficiencia pueblos y ciudades, paralizaron el tránsito de vehículos, personas, alimentos y medicinas y sometieron al gobierno nacional. Hubo más violencia y esta vez el número de policías heridos aumentó y, por primera vez en un conflicto supuestamente de carácter social, un sargento del ejército murió en un ataque.
Octubre de 2019 se repitió porque el Estado fue incapaz de hacer cumplir la ley. Incapaz de llevar a los violentos y terroristas ante la Justicia. Deuda innegable de la Fiscalía General del Estado que desconoce, al parecer, lo que escribió Pascal hace cuatro siglos: “la Justicia sin fuerza es impotencia; la fuerza sin Justicia es tiranía”. ¿Alguien puede dudar de que la impunidad de 2019 -refrendada por el correísmo, Pachakutik y la ID e independientes al conceder la amnistía a los violentos, el 10 de marzo de este año- es la madre de lo sucedido en junio pasado?
Un error de este tamaño es una pesadilla. Dos errores son la puerta abierta al suicidio colectivo. Ecuador tenía de sí la imagen de una sociedad idealizada, aséptica, sin espacio para la violencia. Una sociedad que se veía y se sentía singular entre Perú, de Sendero Luminoso, y Colombia y su estela de guerrillas y paramilitares. Una sociedad orgullosa de rehuir a la violencia.

Hoy, gracias al correísmo, a Pachakutik y a los compañeros de ruta de los comunistas adoradores de la Sierra Maestra, esa sociedad está siendo tentada por aquellos que se esfuerzan en sublimar la violencia con barniz político. En convertirla en un rito sagrado, permitido, aconsejado incluso para los pobres. Como si los muertos y heridos pesaran menos en las conciencias sencillamente por ser ocasionados bajo consignas ideológicas. Un muerto es un muerto. Sea un manifestante, un policía o un militar. Lo mismo si son heridos.
Correa e Iza, la nueva mancuerna del poder antidemocrático, prosiguen la empresa de instalar el país en el ciclo de una violencia que, en los hechos, reemplaza la palabra y también el derecho. Y no hay reacción política ni social no solo a las acciones de violencia y terrorismo a las cuales fue sometido el país: no hay reacción al intento (que ya funcionó en Octubre-2019) de resignificar las palabras, neutralizar la fuerza legítima del Estado y someter al gobierno de turno. Para ello, Correa, Iza y los suyos someten la sociedad a un ejercicio de irracionalidad que mucho se parece a una sesión de hipnotismo colectivo: borran los actos de violencia y terrorismo, acusan al gobierno de represión fascista, califican a los ministros del Interior y de Defensa de asesinos, crean una comisión de la Verdad (son adictos) que refrenda todo lo que dicen, aterrorizan a la Fiscal al punto de que se niega a llevarlos ante la Justicia y usan sus bancadas para obtener amnistía. Ese mecanismo está de nuevo activado.
Iza ya escribió en el libro Estallido que esa violencia es sagrada. Los correístas olvidaron lo que dijeron sobre los indígenas y cómo los persiguieron cuando fueron gobierno. La ID y otros independientes viven cazando votos, obnubilados por el mito de la protesta social. Todos, mientras sean oposición, cerrarán los ojos sobre la violencia de los indígenas y sus aliados. Todos, mientras sean oposición, despedazarán la posibilidad de que el país se entienda hablando, negociando y les importará un bledo la ley y la capacidad del Estado para hacerla cumplir. Cuando sean poder –como ocurrió con el correísmo- dirán y harán exactamente lo contrario.
Lo que se vio -otra vez- esta semana en la Asamblea, con impresentables como Fernando Cabascango, Mireya Pazmiño, Paola Cabezas y Patricia Sánchez -acusando al Estado de querer defenderse- no es un epifenómeno. Es un acontecimiento desconsolador de un país inerme ante mafias políticas que, tras haberlo secuestrado y aterrorizado, lo quieren convencer de que se deje violentar porque lo hacen en su nombre. Lo aterrorizan porque lo aman.
Autor: José Hernández
Fuente: 4 Pelagatos

