Los mitos son narraciones o historias fantásticas que expresan las ideas ancestrales de un pueblo acerca del mundo en el cual se desarrolla. Son relatos tradicionales que intentan aclarar los misterios de los ciclos de la vida y de la muerte y explican cómo comenzaron a existir todas las cosas que nos rodean (el hombre, el fuego, el Sol, los astros, las enfermedades, la Tierra, etcétera).
Les contamos a continuación algunos mitos del Ecuador no tan conocidos, pero muy interesantes.
La Sirena Encantada
Es uno de los mitos más difundidos en la parroquia de San Lorenzo, en Manta.
Cuenta la tradición que hubo una vez un pescador de esta comunidad que fue a recoger pulpos y quedó atrapado del otro lado de la playa debido a la marea alta. En ese lado de la playa, en la roca más grande, habitaba la Sirena Encantada, quien -según los más ancianos del lugar- retuvo a esta persona y solo la alimentaba a base de pescado crudo.
Un día el pescador se cansó y le pidió a la sirena que lo dejara volver a su casa y ella accedió, pero le pidió que volviera al día siguiente. Y fue así como dejó que la marea bajara para que su prisionero pudiera volver al pueblo a ver a su familia.
Sin embargo, según la historia, él no regresó y desde entonces quedó encantado por la sirena, pues cada vez que él bebía agua veía el rostro de ella.

La Mama Tungurahua y otros cerros
Los cerros, aunque no lo parezcan, no son sólo cerros: son hombres o mujeres, son buenos o malos, celosos o bandidos, jóvenes o viejos, sabios poderosos o divinidades menores y mezquinas. A ellos se les agradece cuando las cosechas producen bien, se les pide para asegurar la buenaventura de los recién nacidos y también de los recién casados.
Se les achacan los años secos, los muy lluviosos, los terremotos y, aunque no ocupen ningún nicho en la iglesia, a ratos en cuestiones de influencia estos cerros o Apus‘, como se les llama con reverencia, se disputan el puesto con los santos católicos. Si se nublan están malqenios, si caen truenos en sus cumbres están iracundos. Andan rodeando los valles con apariencia de comunes mortales y recompensando la bondad o castigando la avaricia de la gente con la que se
topan.
Si hay un deslave en sus laderas es porque algún advenedizo estuvo a punto de encontrar los tesoros que con recelo ocultan. Son capaces, según dicen los mayores, de demostrar infinita ternura o terrible enojo.
Cuentan estos mismos mayores, que cuando joven el Imbabura correteaba a las lindas guambritas, de entre todas ellas se casó con María de las Nieves Cotacachi. De esa unión nació un guagua que no ha acabado de crecer; por apelativo lleva el de Yanahurco y por apellido el de Piñán, está al lado de su madre y juega entre lagunas, montes y nieblas. Ficticia o no
la fama de huaynandero de este cerro, parece que hubo muchos vástagos más.
Hasta hace poco era cosa común entre las longuitas responsabilizar al taita Imbabura por preñeces incómodas de explicar de otra manera. Ahora el Imbabura ha madurado y la paternidad de los guaguas, cuando no hay más recurso, se endilga a otros seres mitológicos como el Chuzalonqo. A esta montaña la ve la gente común como a un protector y a los yáchak como a un poder superior capaz de inspirarlos y guiarlos.
El Chimborazo, pese a ser el más grande, no tiene el mágico poder que posee el Imbabura. Aunque cuentan, los que así lo oyeron, de su inmensa fuerza, demostrada a las claras cuando hace mucho tiempo su mujer, la mama Tungurahua, poseedora de un carácter eruptivo, y según parece algo fogoso, tuvo un romance con el vecino Altar. Parece que les resultó difícil ocultar el secreto idilio, sobre todo tomando en cuenta que el agraviado es tan alto que todo lo ve.
Más temprano que tarde, taita Chimborazo se dio cuenta del engaño y descargó toda su furia contra el inoportuno que le robaba los cariños de su amada. El desdichado Carihuairazo salió en mala hora a favor del Altar, que iba recibiendo la peor parte en la contienda. Pero ni entre los dos, pudieron contra el poderoso y celoso Chimborazo. Desde entonces, ambos perdedores lucen maltrechos, sus cumbres derrumbadas y su gallardía apabullada.
La Tungurahua, inconforme, lanza humos y fuegos cada vez que se acuerda de su frustrado romance.
El cóndor casamentero
Elegantemente vestido, negro el traje y negro el poncho, blanca la bufanda, medio colorado el sombrero y de cuero pelado el zamarro que cubría las piernas. Así se asomó el desconocido, hombre grande y silencioso, al filo de la acequia. La pastorcita, que venía ya preocupada pensando en cómo iba a hacer para cruzar con el rebaño, se alivió cuando él propuso
ayudarle.
Poniendo un pie a cada lado de la acequia, el hombre de negro pasó una a una las llamas, también agarró al perro y lo puso en la orilla contraria; por último, tomó en brazos a la joven. Entonces, de pronto se sacudió, su poncho se levantó como que se lo llevara el viento y se transformó en unas enormes alas. En vez de poner a la longuita junto al rebaño, se la llevó por los cielos. Se elevó cada vez más alto, cruzando las nubes y remontando los vientos hasta una peña en el altísimo Iliniza.
El perro se dio modos para ir a avisar a la casa de la pastorcita lo acontecido a la joven. Los padres la buscaron sin descanso, hasta que un día lograron verla en el nido en lo alto de la peña. El cóndor la había hecho su mujer y ellos, resignados, se dieron cuenta de que no podían subir hasta allí a rescatarla.
