La desmesura correísta

Kurt Weyland, profesor de gobierno de la Universidad de Texas, sostiene que con el boom de las commodities, emergieron en América Latina los estados rentistas. Cuando se suponía que los proyectos de transformación estructural habían quedado relegados, el retorno a la izquierda hacia fines del siglo pasado y comienzos del XXI constituyó una sorpresa. Pomposamente se lo denominó “Socialismo del Siglo XXI”, pretendiendo marcar una diferencia con el socialismo que colapsó en 1989 y que tuvo como símbolo la caída del muro de Berlín.

Entonces no fue el neoliberalismo el que hizo posible la reaparición del radicalismo de izquierda, sino la bonanza de las exportaciones primarias. Ella echó abajo el discurso que ponía el acento en las restricciones de la economía y en la necesidad de la austeridad. ¿Para qué ahorrar si se abrían grandes oportunidades, derivadas no del esfuerzo colectivo perseverante, sino de un prodigio de la naturaleza? Esa riqueza no solo que volvía innecesaria la moderación, sino los propios proyectos de transformación que impulsaban los socialistas.

El dispendio y el despilfarro se convirtieron en políticas de estado bajo un clientelismo disfrazado de izquierdismo.

Bajo este boom el estado volvió a aparecer como el gran distribuidor de la renta obtenida. Se convirtió en el motor de la economía gracias a un desenfrenado gasto público, a la concesión de múltiples beneficios para los sectores más vulnerables. El estatismo devino en sinónimo de socialismo, cifrado no en la expropiación de monopolios privados, sino en el uso discrecional de los recursos públicos.

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Artículo de Patricio Moncayo: “La desmesura correísta”

En Venezuela, Bolivia y Ecuador, según Weyland, cobró fuerza un discurso radical que enarboló la bandera de la negación del mercado, de un nacionalismo opuesto a la globalización y del rechazo a la democracia liberal. Con ese discurso se le desarmó al neoliberalismo, al que se le presentó como el malo de la película y se abrió el camino para una toma soterrada del poder amparada en nuevas constituciones. De esa manera la democracia liberal se vio rebasada por una democracia plebiscitaria con la cual se instauró el hiperpresidencialismo que se puso por encima de los pesos y contrapesos del estado de derecho.

En los países que carecieron de estos abundantes recursos, un poco caídos del cielo y no del trabajo perseverante, se impuso una visión más apegada a la realidad. Weyland marca diferencias entre una izquierda más pausada y, otra, henchida de apresuramiento. En Uruguay, con el Frente Amplio y en Chile, con la Concertación, se ha valorado la estabilidad económica y política como base para la creación de riqueza que no dependa exclusivamente de las exportaciones primarias.

¿Qué pasará ahora en el Ecuador cuando los precios del petróleo están a la baja? ¿Cuándo la Asamblea Nacional estará compuesta por distintas fuerzas que tienen que llegar a acuerdos para hacer mayoría? ¿Con una justicia menos dependiente del Ejecutivo? ¿Con movimiento sociales activos como la CONAIE y Pachakutik?

¿Hay lugar para una opción basada en el estado rentista? O ¿entramos en una fase recesiva que no admite apresuramientos? ¿Cabe seguir practicando el paternalismo estatal con un estado en quiebra?

Las opciones políticas que se disputan la presidencia de la República deben explicar a los ciudadanos que concurriremos a las urnas el 11 de abril ¿qué grado de viabilidad tienen sus propuestas? Si el estado dejó de ser rentista ¿cómo piensan impulsar la reactivación económica? Si no tienen mayoría en la Asamblea ¿cómo funcionará el equilibrio de poderes? Si los efectos de la triple o cuádruple crisis que azota al Ecuador ha centuplicado el desempleo, la pobreza, las pérdidas en vidas humanas ¿cómo impulsar una política social no asistencialista ni populista?

La holgura económica de la que gozó la “revolución ciudadana” fue efímera. En el 2014 se quedó sin oxígeno y se inició su declive. De ahí nació la candidatura de Lenin Moreno. “La mesa no estaba servida”, declaró cuando fue elegido presidente. Esto es parte de la crisis que ya sobrevino antes de la pandemia. Las condiciones se han agravado con ésta. ¿Cabe, entonces, esperar otro milagro?

El próximo gobierno enfrentará una dura realidad. Cuatro años es un período muy corto. No se pueden vencer las dificultades con el voluntarismo. Ello no funcionó en el gobierno de Rafael Correa en el que su impaciencia le llevó, por ejemplo, a implantar la gratuidad de la atención hospitalaria antes de que existieran hospitales, equipos y personal médico. No hay como atolondrarse, sino pensar, medir las consecuencias, antes de actuar. Hace falta sindéresis. No se puede despreciar la reflexión en aras de logros instantáneos. Los próximos cuatro años son de transición. No es posible dar bandazos. Todo a su tiempo. La precipitación y el inmediatismo pueden producir trastornos impredecibles. Los éxitos en el corto plazo pueden pasar factura en el mediano plazo. Hay que poner la casa en orden y establecer prioridades factibles de ser cumplidas, ni muy deprisa ni muy lento.

Se necesita prudencia estratégica en los campos económico y político para un progreso sostenible, menos espectacular pero más duradero. Ya no hay recursos para inversiones faraónicas. Hace falta volver la mirada al campo, donde es posible afincar un desarrollo bien planificado, a sabiendas que tomará tiempo. Se debe cerrar el paso a la corrupción fortaleciendo las atribuciones de control de las funciones del estado, y las ejercidas por la sociedad civil, bajo el amparo de la más amplia libertad de expresión e información.

Hay que pensar en el mediano y largo plazo, sin descuidar, por cierto, el corto plazo. Pero en este no se pueden consumir todos los recursos disponibles, olvidándonos de las nuevas generaciones, y de su derecho a elegir su futuro, sin hipotecarlo al hiperpresidencialismo.

Autor: Patricio Moncayo

Fuente: Plan V

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