Desde Quito al mundo: la historia de Johana Mendoza, la arquitecta ecuatoriana que triunfa en EE.UU.

Desde pequeña soñaba con diseñar espacios que inspiraran y contaran historias. Su nombre es Johana Mendoza, es una arquitecta quiteña, graduada de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), y hoy tiene el privilegio de formar parte del equipo de Olson Kundig, una de las firmas de arquitectura más reconocidas a nivel mundial, con sede en Seattle, Washington.

Su recorrido ha sido una mezcla de pasión, esfuerzo y visión. Trabajar en Olson Kundig le ha permitido involucrarse en proyectos internacionales de alto impacto, donde la arquitectura se entrelaza con el arte, la tecnología y la sostenibilidad. «Ha sido una experiencia profundamente enriquecedora que reafirma mi compromiso de representar al talento ecuatoriano en escenarios globales, sin perder de vista mis raíces», señala Johana.

«Desde mis primeros años, tuve la certeza de que quería transformar espacios, pero más aún, transformar realidades. Esa motivación me llevó a estudiar arquitectura en la PUCE, donde comprendí que el diseño no es solo una cuestión estética, sino una herramienta poderosa para responder a las necesidades sociales y culturales del habitar», afirma.

El giro inesperado: ilustrar para abrir puertas

Se graduó en plena pandemia, en 2020, cuando el mundo parecía detenido. En medio de la incertidumbre, comenzó a compartir su trabajo en redes sociales, especialmente en Instagram, utilizando herramientas digitales como Photoshop, Procreate e Illustrator. Así nació una segunda faceta de su vida profesional: la representación visual de la arquitectura como lenguaje artístico.

Lo que empezó como un espacio para publicar ilustraciones personales, se transformó en una vitrina creativa que atrajo colaboraciones internacionales y conectó con una audiencia diversa. El diseño se convirtió en un puente, y cada publicación era una forma de narrar el presente mientras proyectaba nuevos horizontes.

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Un trazo a la vez

Hoy, cada proyecto en el que trabaja es también un homenaje a sus orígenes, a sus profesores, a su familia y a cada noche en vela frente a una maqueta. Porque la arquitectura no se trata solo de construir espacios, sino de construir futuros. Y eso, para ella, siempre comienza recordando quiénes somos y de dónde venimos.

Recuerda una tarde en el estudio donde todos se detuvieron solo para observar cómo la luz cambiaba al pasar por una maqueta. Ese instante le enseñó que la arquitectura no se trata solo de formas, sino de sensibilidad. Esa misma sensibilidad que aprendió desde niña en Quito y que hoy le acompaña en cada boceto.

Como mujer, latina y ecuatoriana, sabe que su presencia en este espacio también es parte de una transformación más grande. Y sueña con que más jóvenes, sobre todo mujeres, se vean reflejadas y se animen a soñar en grande, sin olvidar sus raíces.

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