El Mundial de Catar ha sido uno de las más interesantes de los últimos tiempos, no solamente por los temas futbolísticos, sino también por cómo funciona la política y la corrupción. Ciertamente, Catar hizo un enorme esfuerzo millonario, como solo lo podría hacer ese país pequeño territorialmente, pero con una fortuna que le permite el ser petrolero. La obtención de la sede, sobornos de por medio, será siempre cuestionado, aunque posiblemente olvidado o con apenas pequeñas menciones en los registros históricos de cómo llegó a ser la opción de la FIFA.
De lo futbolístico, se puede decir que este ha sido un mundial sumamente táctico. Siempre el fútbol ha estado lleno de tácticas, pero ahora, gracias a la tecnología y los televisores rectangulares, se puede apreciar mucho cómo se plantea un equipo, cómo se repliega para la defensa y cómo se despliega para el ataque.
Se puede decir que antes los mundiales eran más técnicos, luego, fueron más físicos, y ahora son más tácticos. No se puede decir que el fútbol siempre ha sido la suma de estos tres elementos. Marruecos, el equipo que ilusiona a todos aquellos que no forman parte de las ocho campeonas, es el ejemplo mayor. Tiene un juego hermoso desde los defensivo (solo le han marcado un gol, en el primer partido, cuando funciona el pánico escénico), pero además, sus contragolpes no son con ese delantero solitario que vaya a saber cómo lo resuelve. Es todo un conjunto, una idea.
El croata Luka Modric, en cambio, es el jugador táctico por excelencia. Siempre está en todas partes del campo en donde importa estar y en el momento apropiado.

Ante un fútbol tan trabajado, se requieren de esas individualidades que por ingenio rompen todas las líneas. Y eso es lo que muestra Lionel Messi y pudo mostrar Cristiano Ronaldo. Pero lo lamentable de este mundial es que estos tres jugadores no estarán en el próximo Mundial.
Y pocos, salvo Mbappé se muestran como sus herederos.
Autor: Santiago Estrella
Fuente: El Comercio

