El billete de un millón

Para entender la ominosa dimensión de la catástrofe venezolana, basta la noticia que se difundió en días pasados: la emisión de un billete de un millón de bolívares, cuyo valor real apenas supera los cincuenta centavos de dólar.

No hay que ser un experto en materia económica para darse cuenta de la imposibilidad de manejar, con algún resultado positivo, la economía de un país que registra una inflación de tal magnitud, que exige emitir billetes de ese valor. No habrá que extrañarse si en los próximos días empiezan a circular billetes de diez, veinte, cien millones de bolívares.

Se dirá, que imposible o no, los venezolanos, aquellos que no han emigrado, sobreviven de todas maneras, aunque tengan que llevar un cargamento de billetes para una mínima compra en el mercado. Hay que admitir que la capacidad de supervivencia de los pueblos es inagotable; pero los costos que deben pagar son de tal envergadura que su recuperación puede tardar muchos años. Por cierto, que los venezolanos que tienen dólares ¿quiénes son? sobreviven de mejor manera.

Claro que esta historia es de sobra conocida y la anécdota del billete solo agrega un detalle más, extravagante si se quiere, a una crónica siniestra que se viene escribiendo desde hace varios años. Tal vez por eso saltó a las páginas de los periódicos, a pesar de que la opinión pública se ocupa ya muy poco de Venezuela. Y esa es mi preocupación. La comunidad internacional y, en particular, los países latinoamericanos no pueden acomodarse en una fatal indiferencia frente a la tragedia. Como si dijeran: tenemos muchos problemas que resolver, que los venezolanos resuelvan los suyos.

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Artículo de Ernesto Albán: “El billete de un millón”

Hay que reconocer, por otra parte, que la política latinoamericana vive un momento oscuro, ambiguo, en el que no se toman decisiones fundamentales. Las próximas elecciones presidenciales en Ecuador y Perú; en Chile, la decisiva conformación de una asamblea constituyente, marcarán tendencias de difícil pronóstico. ¿Cuál es el camino que los pueblos escogerán? Y ¿por qué lo escogerán? En todas partes está presente la crisis de la pandemia, y la distribución de vacunas se cobra decenas de ministros. Otros se van antes siquiera de ser conocidos. La inestabilidad de las administraciones públicas se ha convertido en otro de los signos de los tiempos.

En el horizonte se advierten señales peligrosas, alguna ya estalló en Bolivia, en un retorno a la vieja, pero no desaparecida distinción maniquea de gobiernos buenos y malos, calificados con el lenguaje del extremismo y la intolerancia.

Y en esa línea perversa, la posición complaciente frente a la dictadura de Maduro, la corrupción de su pandilla y el hambre del pueblo venezolano, se convierte en una especie de test para calificar a un gobierno de progresista. ¡Qué ironía!

Autor: Ernesto Albán Gómez

Fuente: El Comercio

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