¿Cuánto ridículo aguanta un presidente?

Que a Guillermo Lasso le falta un operador político y una estrategia de comunicación es un lugar común de la conversación política ecuatoriana que repite todo el mundo. Pero hay algo más que necesita con urgencia el presidente y se comenta menos: un bufón de palacio. Sí, alguien autorizado a faltarle el respeto, a cantarle las plenas y a reírsele en la cara. A la tropa de jóvenes admiradores y millennials libertarios de que gusta rodearse parece faltarle la perspicacia y las agallas para hacerlo.

Lo que él necesita no es un tuitero que se invente etiquetas inocuas sino alguien que le diga, por ejemplo: no envíes esa carta a diario El Universo, que estás exhibiendo precisamente el lado miserable de tu personalidad (todos tenemos uno) que se supone debes ocultar. Y además, no vas a obtener nada. Alguien que le diga que lo de ayer miércoles en la Plaza Grande fue un ridículo sin atenuantes y le despliegue la colección de memes a los que se expuso, con su maestro de ceremonias que gritaba “Lasso presidente” como si no lo fuera ya, sus multitudes de campesinos traídos en buses desde todas las provincias como en los peores tiempos del prófugo (¿hubo también sánduches?, ¿hubo propina?), los gritos de Lasso-no-se-ahueva-carajo que debieron rechinar en los oídos de doña Lourdes, la insufrible vacuidad de su propio y desafortunado discurso, en fin: no hay detalle digno de tomarse en serio en el montaje que se mandó Guillermo Lasso el miércoles en la Plaza Grande. ¿Hay alguien en Carondelet que se lo diga?

No, gobernar no es organizar manifestaciones para llenar una plaza. Cualquiera de los “triunviros de la conspiración”, como llama Guillermo Lasso, no sin razón, a Nebot, Correa y Leonidas Iza, va mañana y llena dos. Nada más fácil. ¿Y? ¿Desde cuándo los que ganaron las elecciones tienen que demostrar que “nosotros también tenemos calle”, como dijo el presidente? Esta justificación es tan poco inteligente (por no decir sin rodeos que es profundamente palurda) que da grima. Y decepciona.

Porque, vamos a ver, ¿cuál es el mensaje? “Vamos a defender a Quito de aquellos que les gusta la violencia, que quieren incendiar edificios públicos, que quieren secuestrar a policías y a periodistas. Aquí está el pueblo ecuatoriano para decirles que no lo vamos a permitir”, dijo Guillermo Lasso (y luego repitió la misma idea siete veces) en el que probablemente sea el discurso más deplorable de su vida desde que ofreció hacer una Virgen del Panecillo giratoria. ¿Qué quiere decir eso? ¿Pretende enfrentar las manifestaciones de la oposición con manifestaciones progobierno? ¿Está diciendo que la manera de evitar un nuevo octubre es sacar gente a la calle? ¿No es peligroso? ¿No es ridículo?

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Artículo de Roberto Aguilar: “¿Cuánto ridículo aguanta un presidente?”

Alguien, por favor, en Carondelet, que le diga al presidente que cuando organiza montajes como el del miércoles, hasta las cosas importantes que también puede decir se devalúan. Una cosa es tender la mano a la Asamblea en una entrevista sesuda (con José Hernández, por ejemplo), y otra muy distinta hacerlo en un acto de masas cuyo significado último (o una de sus interpretaciones) es precisamente que no le hace falta la Asamblea.

Así que eso: un bufón para el presidente, de urgencia. Alguien que se cuele en su oficina, eche de ahí al jardín de infantes, cierre la puerta y le diga la verdad.

Autor: Roberto Aguilar

Fuente: Expreso

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